Guardo la compostura y sólo me encuentro con obstáculos a mi paso. Hago un muro indestructible y tú lo saltas entrando peligrosamente en mi terreno. Me espías sobre él y cuando me despisto, me lanzas una mirada asesina que me hace temblar.
Pensé en subir mas el muro pero cada vez se te da mejor trepar y mi escalera se quedó corta para alzar tantos ladrillos, así que me he rendido y lo he derribado.
Ahora andas a urtadillas y con sigilo entre trozos de recuerdos y formas indescriptibles del presente, pero siento que tu mirada asesina no me provoca temor y quizá ha sido esa barrera que un día creí infranqueable la que me ha enseñado a tirar los muros de mi pequeña parcela y asegurarme de poder encajar el resto de las miradas sin muros a mi alrededor.
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